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Por qué descansar también es una forma de cuidarse

9 oct
2 min de lectura

Durante mucho tiempo, las casas fueron pensadas a partir de funciones bastante claras: un espacio para dormir, otro para comer, otro para recibir.

Si nuestra manera de vivir cambió, quizás también debería cambiar lo que esperamos de nuestra casa. No alcanza con que funcione. Queremos que también nos contenga.

Kavanagh parte justamente de esa transformación: el hogar se volvió multifunción, puede ser oficina, espacio social, fondo de una videollamada, refugio y expresión personal. Y las formas de habitarlo son cada vez más diversas. Por eso el bienestar dentro de casa no debería ser pensado como algo extraordinario.

Puede estar en abrir la ventana antes de empezar el día. En elegir textiles agradables al tacto. En desayunar sin levantarse enseguida. En leer diez minutos. En volver a acostarse un domingo. En una ducha larga. En una cama que no necesita estar perfecta para sentirse bien.

Pequeñas decisiones que le devuelven al hogar una función que a veces queda relegada entre tantas otras: ser el lugar donde también podemos parar.



cama oficina

Descansar no siempre significa dormir


Cuando pensamos en descansar, solemos pensar en dormir. Pero también descansamos cuando bajamos el ritmo, cuando dejamos de mirar la hora o cuando encontramos un momento que no necesita ser productivo.

A veces son diez minutos. Un café antes de empezar el día. Leer un rato. Una siesta un domingo. Quedarse en la cama aunque ya estemos despiertos. El descanso también puede estar en esas pequeñas pausas que hacemos casi sin darnos cuenta.


La casa también puede ayudarnos a bajar un cambio


No existe una fórmula para crear un espacio que invite a descansar. Pero sí hay pequeñas decisiones que pueden cambiar cómo lo sentimos. La luz natural, una ventana abierta, una cama agradable al tacto, menos estímulos, textiles que acompañen la estación o simplemente un espacio que lo sintamos propio, cómodo, pensado según el ritmo de vida.

Hay rituales que repetimos todos los días sin llamarlos rituales. No tienen que ser perfectos ni convertirse en una nueva lista de cosas por hacer. Justamente lo contrario. Son pequeños momentos cotidianos en los que no hace falta llegar a ningún lado.


un rato en la cama con mamá


Un ratito más, ma


Este Día de la Madre quisimos hablar justamente de tiempo. No del tiempo extraordinario. Del cotidiano. De esos cinco minutos más en la cama. Del café que se enfría porque la charla se extendió. De una película juntos. De dormir abrazados. De un desayuno que no tiene apuro.

Porque si buena parte del día de muchas mujeres está dedicada a hacer, organizar y cuidar, quizás uno de los pequeños lujos contemporáneos sea justamente el contrario: tener un rato en el que no haya nada que resolver.

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